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¿Para qué sirve la Asamblea Nacional?

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Yosmaira Subero ha diversificado su negocio. Además de alquilar teléfonos y vender chucherías junto con dos amigos, ahora esta morena de 29 años ofrece un nuevo servicio a los viandantes: cuida bolsas.

A Yosmaira no le falta trabajo. Ubicó sus tres mesitas en un punto estratégico, frente a un supermercado en la urbanización Montalbán, en el oeste de Caracas. Debajo de unos árboles, con los que intenta protegerse del implacable sol que achicharra la calle, observa en silencio a la muchedumbre que hace cola para comprar los productos de primera necesidad que hoy escasean en Venezuela.

“Yo creo que la Asamblea Nacional debe servir para acomodar al pueblo, porque la cosa cada día está peor”, dice la muchacha, antes de secarse con las manos el sudor que recorre su alargado rostro.

“Sí, queremos un cambio”, completa su socia, que seguía la conversación mientras terminaba de comer su almuerzo de arroz, pollo y una ensalada con abundante mayonesa.

La fila no se mueve. “¡Como que viene sardinas y harina!”, comenta una señora a dos amigas. Pero todavía no llega el camión con los productos. La reja del supermercado está cerrada. “La Asamblea Nacional debe servir para salir de las colas, mijo”, resume Margarita Márquez, agobiada por el intenso calor de este mediodía. Con sus 67 años a cuestas, Margarita confiesa que ya está cansada. “Estamos pasando demasiado trabajo, aquí no se consigue nada”, comenta.

Un vendedor de jugo de naranja es el único que le saca provecho a la canícula. A su lado, María Ruiz espera algo. Lo que sea. Como todos los que están en esta cola. “Yo no sé de política, pero creo que la Asamblea Nacional debe hacer progresar al pueblo para que uno no haga tanta cola”, opina esta mujer de 33 años. María trabaja en una empresa de mantenimiento y se queja de que “cuando a uno le toca comprar por el número de cédula, no aparecen los productos”.

El tiempo avanza, pero las personas continúan inmóviles. Unos parecen estatuas. Otros revisan el teléfono, responden llamadas, envían mensajes. Se apoyan en la pierna derecha. Luego en la izquierda. José González y Henry Antúnez conversan animadamente como si se conocieran de toda la vida. Y, de hecho, sienten que llevan toda la vida allí parados. “La Asamblea debe legislar para todo el pueblo, sin exclusión y permitir que todos tengan participación”, considera José, de 52 años. Henry, diez años mayor que su nuevo amigo, también aporta al debate. “La Asamblea debe buscar equilibrios e impulsar las reformas que necesita el país. Hay cosas que debemos cambiar y eso puede lograrse a través de leyes que respondan a todos y no solo a un grupito”, señala convencido.

El sol aprieta y la santamaría del supermercado aún no se levanta. “¡Vámonos, chica, aquí no hay vida!”, grita una mujer. Entonces, se marchan dos. Pero pronto se suman tres. Como el calor, la fila no cede un milímetro. Aunque nadie sabe qué llegará esta tarde, cada uno permanece en la cola con la esperanza de alcanzar lo que más necesita. Sardina. Harina. O un cambio en el país.